Bajo las lluvias

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Hace poco volví a disfrutar bañándome bajo la lluvia torrencial en la ciudad natal de mis padres, Pucallpa, desde este año por motivos del trabajo he tenido que viajar entre Lima y Pucallpa.

Hacía mucho que no disfrutaba de una lluvia, aunque siempre se culpa al tiempo, siendo sincero conmigo mismo no le puedo culpar, ya que el tiempo ha sido muy bueno conmigo en muchas cosas, pero centrándome en el tema específico de la lluvia, hacía mucho que no me llegaba una buena.

Empezó antes de que despertase, el ruido incesante del golpe de cada gota sobre el techo de calamina, como una ráfaga incesante e infinita, me levanté del colchón que mi tía amablemente me ofreció en mitad del salón de su casa de madera, como siempre los zancudos me picaron toda la noche, pero ya ni los siento, desde pequeño me acostumbro a sus picaduras a los pocos días. El sonido fue como un eco de mi infancia, cuando todos los días eran sábado, despertaba para tomar mi “chapo” de maduro con leche que mi abuelita me preparaba, y mi pan con queso de la región. Los días de lluvia pasaban lentos y se vivían dentro de casa, mis hermanos y yo podíamos salir a jugar a bañarnos en la lluvia, pero yo al ser el pequeño tenía prohibido cruzar la calle, ya que al no estar asfaltada no tenía la altura suficiente para dar saltos entre las tablas y piedras sólidas y no ensuciarme con el fango de la calle, pero sí que podía permanecer bajo el chorro de las cañerías del techo de calamina donde se formaba una catarata.

En aquellos días pensaba que era el único niño de Lima (a parte de mis hermanos) que sabía lo que era una lluvia. Lima es una ciudad muy húmeda en la cual no llueve nunca (no al menos como en Pucallpa), las lluvias de Lima no podían bañarte, no sabían jugar.

Pasó mucho tiempo, crecí y olvidé; quizá como nos pasa a todos. Ya no volví a Pucallpa con tanta frecuencia y me fui alejando de la lluvia.

No fue hasta que me mudé a España cuando mi mejor amigo y compatriota me obligó a recordar y por ello le estaré agradecido.

Fue una tarde del 2004, el primer verano de migrante, habíamos quedado en ir a la playa del Prat los tres peruanos, nos habíamos conocido en la academia para el ingreso a la universidad, dos compartíamos clase y el otro chico tomaba clases diferentes. Era este chico el que nos invitó a la playa cerca de su pueblo, el camino de ida a la playa fue bastante agradable, ni 15 minutos en el auto de su padre, allí estábamos, tres chicos jóvenes, posiblemente en otras circunstancias con pocas cosas en común, pero allí, en ese momento, éramos tres peruanos y siendo puristas, tres “limeños”. Que en su vida se habían se cruzado en una ciudad de la cual habían vivido la mayor parte de su vida y que poseíamos raíces diferentes, ya que cada uno provenía de familias de Costa, Sierra y Selva. Pero en Barcelona esa pobre coincidencia era todo lo que teníamos, hablábamos en la misa jerga y nos encontrábamos en circunstancias similares, adaptándonos a la nueva ciudad, al nuevo reto de estudiar, y sobre todo, los tres sufríamos la pérdida del amor de nuestra vida (nuestro primer amor adolecente).

Bajo esas circunstancias teníamos mucho en común, el día playero transcurrió con normalidad, hablamos de todo y de nada, quizá habría quedado en el anonimato de mis días que son buenos pero en los que no se aprende nada nuevo, sin embargo, el tiempo quiso que fuese diferente.

Volvíamos por la carretera en pleno sol de mediodía, ilusos de nosotros nos propusimos regresar a casa de aquel compatriota caminando descalzos a modo de reto de macho-adolecente que no sabe qué hacer con tanta testosterona, mientras nuestros pies sufrían la mala decisión de nuestras testarudos cerebros afectados por aquellas primitivas hormonas que nos obligaban a no mostrar la mínima señal de arrepentimiento. Una nube piadosa se posó sobre nosotros y descargó una lluvia torrencial, en un primer momento agradecí inmediatamente, pero pasados los primeros minutos de alivio mi cerebro instintivamente empezó a buscar un refugio, pero como no podía ser de otra manera, no había ninguno cerca, éramos las únicas almas vivas en aquel desierto atravesado por aquella carretera fantasma, no pasaba ningún auto ni había señales de que alguien fuera a pasar. Sólo uno de nosotros empezó a emocionarse por aquél hecho, se detuvo y extendió sus manos al cielo y cerró los ojos, en un gesto de auténtico agradecimiento, luego nos dijo lo afortunados que éramos al poder ser aquellos que “están bajo la lluvia”, al principio sus palabras no les encontré del todo el sentido, pero había algo en su actitud, algo que explicó sin palabras que mi instinto captó y le dio otro significado al momento que estaba viviendo, allí estábamos, con la lluvia sólo para nosotros, ¡era maravilloso!, teníamos que disfrutarlo, no podía durar, era el momento de disfrutarlo.

Seguimos caminando despacio, sin pensar en el tiempo y llegamos nuevamente al pueblo, la gente corría de un lado a otro, escondiéndose de la lluvia y evitándola. Recordé los días de lluvia en Pucallpa y los saltitos para no ensuciarnos, los recordé a carcajada limpia.

Pasaron muchas “otras lluvias”, en algunas estuve acompañado de mi compatriota o de otros compañeros, incluso algunas las afronté en solitario y decidí no ser como el resto del mundo, decidí no huir de ellas, extender los brazos y disfrutarlas, porque tienen que ser disfrutadas.

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8 comentarios en “Bajo las lluvias

  1. Chino: No dejes de escribir, róbale el tiempo al tiempo. Oblígate, es un placer leerte. Y como aprendí la receta, a tomar chapo mañana mismo!

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