Cara Cortada

El dolor de cabeza era agudo, tenía la garganta seca y la sensación de la erección en el pantalón era muy fastidiosa, abrí los ojos para encontrar un techo desconocido, rápidamente el pánico se apoderó de mí, se aceleró mi respiración. En el ambiente flotaba un hedor a enfermedad y humedad, un techo que una vez fue blanco me vigilaba con una luz fluorescente también blanca, como un reproche silencioso, su luz me alumbraba como si fuese yo un intruso. El cansancio y el mareo hicieron que volviese a cerrar los ojos, metí mi mano por dentro del bolsillo delantero del pantalón,  que tenía un hueco que encontré bastante conveniente para acomodarme el miembro sin ningún recato ni disimulo.

Con los ojos aún cerrados me moví para colocarme boca abajo en lo que parecía un colchón delgado, cómodo pero austero, el roce de mi cara con las sábanas despertaron una alerta, una sensación áspera, como una pequeña cordillera rocosa y seca en aquél páramo de sábanas. Volví a abrir mis lastimados ojos para encontrarme con una sustancia roja, mi mente estaba muy confundida en aquel momento, empezaba por el “¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿quién?, ¿por qué?, y todo ello bajo por un techo blanquecino con un fluorescente insípido y unas sábanas  con una mancha roja, palpé la mancha y supe instintivamente que se trataba de sangre seca.

Una de las muchas cuestiones empezaba por ser aclarada. Ahora sabía que estaba sobre una sábana que tenía una mancha de sangre seca y me encontraba bajo un techo blancuzco con un aroma más bien  a enfermedad, hice memoria de los lugares que conocía con esas características, y aunque el dolor de cabeza era apremiante, merecía la pena el esfuerzo. Sin más dolores que el de cabeza y el recuento de todos mis miembros, tanto superiores como inferiores, como genitales, supuse que me encontraba en un centro de atención médica. Intenté buscar la fuente de la sangre y no tardé en encontrarla en mi propia cabeza, una brecha delgada pero que llegaba desde mi frente hasta la altura de mi oreja derecha, sentí la sangre seca en mi herida abierta, intentando recordad qué es lo que hacía esa herida allí, “¿será un sueño?”, “intenta ponerte de pie”, volví a girarme pero esta vez evadí el reproche de aquel fluorescente blanquecino y desganado, fijé toda mi atención  en mis piernas, miré sin ver mis pantalones azules algo sucios, tardé un poco en entender lo que faltaba en la figura que estaba mirando, aparentemente todo estaba bien: dos piernas, dos rodillas, dos pies, veinte dedos, todo estaba allí, pero algo seguía faltando, poco apoco mis recuerdos fueron llenando el vacío en forma de pregunta apremiante: ¡¿y mis zapatos?!

Mi cuerpo sufrió un subidón de adrenalina, de tal manera que el mareo del que sufría ya no se interponía entre mis recuerdos y me animaba a tomar decisiones rápidas y autómatas gracias al sentido de supervivencia, un general había nacido para poner en orden la situación: “¡Atención!”

-Muy bien, ¡Recuento de daños motrices!- resonó desde mi pecho hasta mis dedos del pie.

-¡¿Cabeza?! Mareada pero estable, sangrado identificado, prioridad en segundo grado.

-¡¿Movilidad psicomotriz del cuello y extremidades?! Algo atrofiado pero funcional.

-¡¿Daños materiales?! Bolsillos: billetera y teléfono no encontrados. -¡Puta Madre!

-¡¿Zapatos?! No encontrados –La reputa madre!

-¡¿Lentes?! – ¡Mierda! ¡A parte de cojudo ciego!

Cierro los ojos para tragar la rabia que me consume por las pedidas, pero me reservo una carcajada que no oye mi general, un cobarde que se alegra de estar vivo.

A mi alrededor hay otras camillas, con el mismo color crema-óxido, algodones y vendas utilizadas por personas con cara de no estar nada bien, por una de las puertas entra la luz de la calle, un calor increíble que puede llegar a los 40 grados. Tambaleando me acerco a una de las enfermeras, pero esta sale a toda prisa, intento acercarme a otra pero logra evadirme sin poder ver mi cara, finalmente regreso a mi camilla, la reconozco por la mancha de sangre seca, una duda me trae mosca desde hace rato: ¿si estoy en una establecimiento de salud, porqué nadie a vendado mi herida?, ¿la sangre ya estaba antes de que yo llegase?, me siento sin ánimo de volver a recostarme.

Pasan unos largos minutos se me acerca una blanca enfermera con un papel en sus mano, me dice amablemente que debo tomar estas pastillas cada seis horas por la infección. Atiendo sus instrucciones. Reúno todo el valor y pierdo todo el orgullo para poder conocer mi procedencia formulándole la penosa pregunta:

-¿Dónde estoy?

-Estás en la posta de Yarina.

-¿Cómo llegué aquí?

-Te trajo la policía, al parecer te encontraron al lado de la carretera por la madrugada. Sin zapatos ni cartera ni ningún documento. Las pastillas son para el corte de la cara, después del lavado estomacal no tienes que tener ningún problema.

-¿Puedo irme ya? – le dije mientras me tambaleaba hacia la puerta.

-¡Pero tiene que pagar el dinero de la consulta! – hizo un ademán de querer detenerme

-Con mi andar tambaleante, pero cada vez más firme le devolví la mirada más fiera que pude y le dije cortante: Póngalo en la cuenta de Cara Cortada.

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