Chocolate peruano

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Miró fijamente el reloj de pared, marcaban las diez de la mañana, tendría al menos cinco o seis horas muertas, se acomodó en la mesa de aquel café y sacó el grueso libro que tenía en la mochila, fingió leerlo mientras esperaba que alguna camarera se acercara a ofrecerle la carta.

No podía concentrarse, su sangre fluía caliente por todo su cuerpo, lo sentía, conocía esa sensación, estaba demasiado alterado, necesitaba beber algo o explotaría allí mismo, arrojaría el grueso libro al mostrador, cogería la silla y la estamparía contra la persona que tuviera más cerca. Sabía que estaba a punto de pasar, entonces se levantó la vista en busca de ayuda.

Levantó la mano y con los ojos buscó a alguien, cualquiera, una camarera se percató y se acercó con una sonrisa. Por un momento Pedro se sorprendió “¿puedes verme?”– se dijo a sí mismo.

-¿Puedes traerme la carta por favor?- dijo con un voz queda, apenas un murmullo.

La chica dio media vuelta con la misma sonrisa, Pedro no estaba seguro si aquella muchacha había visto la desesperación en sus ojos, pero si la había visto, lo disimulaba muy bien.

Al momento volvió con la carta y la dejó sobre la mesa.

Pedro se fijó rápidamente en las bebidas calientes, su sangre estaba hirviendo y sus dientes no dejaban de rechinar. “Chocolate peruano”- aquel nombre le llamó la atención inmediatamente. “Chocolate con pisco”“¡justo lo que necesito!”- se dijo.

Volvió a levantar la mano, la misma camarera bajita de ojos pardos y sonrisa encantadora volvió a acercarse a su mesa. Le pidió el chocolate y se sintió un poco más relajado, sus músculos poco a poco se destensaron, dio un pequeño vistazo a su alrededor, muy pocas mesas estaban ocupadas, poco habitual para un sábado a esa hora, pero seguramente no tardaría mucho en llenarse, había estado pocas veces en aquel café, pero nunca estaba vacío.

“Perfecto”– pensó Pedro mientras le traían el chocolate, su aroma era muy agradable y su sabor, una explosión de dulzura con el embriagador toque de uva del pisco, “delicioso“, era un sabor fuera de este mundo, quizá demasiado bueno. Pero no importaba, nada importaba mucho en ese preciso momento.

Después de unos sorbos Pedro por fin se sintió a gusto, abrió el libro y se sumergió en las palabras. Una luz se encendió por encima de su cabeza y se fijó que la luz del sol había desaparecido por completo, el café estaba completamente lleno de gente, guardó el libro y pidió la cuenta, la pequeña y risueña camarera le acercó la cuenta. Pedro dejó una generosa propina y se aseguró de mirar  bien a los ojos a la camarera para asegurarse de que recordase su rostro, era crucial que lo recordara.  Estaba seguro que a esa hora las llamas habrían consumido a su familia, la casa de Pedro no sería más que cenizas y aquella chica risueña recordaría claramente como Pedro estuvo todo el día en aquel café, recordaría a aquel cliente que dejó la suculenta propina.

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