El aroma del viajero

el aroma del viajero

Este “aroma” está asociado a los primeros recuerdos de mi infancia, debería yo tener sobre los cuatro o cinco años, cuando aún vivía en la casa verde de tres pisos con dos jardines, en uno de ellos había dos manzanos que daban frutos todo el año, cinco plataneros que cuando no daba fruto uno lo daba el otro, dos papayas, y tomates. Cosa muy extraña para el clima húmedo y frío la mayor parte del año de la ciudad de Lima. Hasta ahora pienso en aquella casa que ya no existe, su extraña fertilidad sólo lo puedo asociar a que fue una época de abundancia.

Abundancia de familia, de amigos, de viajeros, de gente, de experiencias, de problemas, de soluciones, de costumbres, de sabores y de aromas.

Rodeado de todo ello fue donde lo descubrí por primera vez “el aroma del viajero”, debo ser sincero y decir que al descubrirlo no le puse un nombre tan elegante, simplemente me acerqué a mi madre y le dije: “los que vienen de viaje huelen”, un tirón de orejas me corrigió para toda la vida hablar así de los invitados, ya que todos eran bienvenidos: familia, amigos, conocidos, con sus respectivas costumbres formas de hablar, problemas y sobre todo “sus olores”. La mayoría de los viajeros llegaban desde Pucallpa, tierra natal de mis padres y mis hermanos, llegaban a casa por trabajo, por vacaciones o por pura suerte, y nosotros los recibíamos igual a todos.

Mi mal atinada frase no tuvo en ningún momento la intención de ofender a las visitas, simplemente tenían un olor  que me resultaba poco familiar, no era desagradable para nada, pero cierto era que no estaba yo acostumbrado a él.

En un primer momento pensé que era por las encomiendas que traían, la mayor parte del tiempo comida, adorábamos tener el sabor de la selva en casa, mangos, pijuayos, sapotes, guayabas, aguajes, palometas, carachamas, cesina, paiche, huevos de tortuga charapa, mi madre adora los huevos de charapa, cuando los hervía mis hermanos y yo salíamos disparados de la casa por la peste, pero ninguno de ellos tenía el aroma del viajero.

Con el pasar del tiempo pensé que sería a lo que debía oler Pucallpa, pero no fue hasta que viajé a Pucallpa que me di cuenta que tenía un olor completamente diferente al que yo percibí en los viajeros, aquella ciudad olía a tierra, a humedad, a lluvia, a verde, a calor y sudor, olía a vida.

En cierta ocasión, estando yo en Pucallpa llegó un viajero desde Lima y detecté el mismo aroma, entonces caí en que no dependía de la ciudad, “¿quizá del medio de transporte?”, aunque me pareció una posibilidad rebuscada seguía siendo una posibilidad, pero luego caí en que ya sea por carretera o por avión, las personas llegaban oliendo a lo mismo y ambos viajes eran abismalmente diferentes, ya que La comodidad de cuarenta minutos sobre las nubes no se comparaban a las veinte horas subiendo y bajando por la abismal carretera central que pasaba por Tíclio, el punto más alto del Perú, a casi cinco mil metros sobre el nivel del mar, que se traducían el mi cuerpo en todos los síntomas del soroche (o mal de altura), mareos, dolor de cabeza, vómitos, falta de apetito (por las náuseas supongo) y el malestar del cuerpo. Aunque todo ello valía la pena por ver cómo el mundo cambiaba de desierto a montaña y de montaña a selva en tan sólo veinte horas.

Los años pasaron y la cuestión del aroma dejó de ser importante, pero siempre se quedó en mi cerebro como el sedimento en una botella de vino. A los dieciséis años  llegó mi momento de viajar a España, mi madre me esperaba con ansias, cuando me recogió en el aeropuerto del Prat alzó sus manos al aire con una sonrisa gigante, me estrechó en un abrazo caluroso, el olor me invadió, pero no era el olor de mi madre, era mi propio olor, ahora yo también tenía el aroma del viajero.

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3 comentarios en “El aroma del viajero

  1. Me reencanto este relato!, me siento identificada, tambien pase por lo mismo, siempre me pregunte como la gente podia llegar a adquirir ese aroma, a mi en particular me causaba emocion 🙂 ese olor, ese aviso que tenia por fin al lado a aquel ser querido.

  2. Todos los sentidos tienen memoria; la vista, el oido, el olfato, el gusto y el tacto. Todos son evocadores y atraen recuerdos añejos con la misma certeza que una maroma de acero. De este modo volvemos a “sentir” verdaderamente los recuerdos.

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