En la Oscuridad

En la Oscuridad

El frío era intenso, el más intenso que había sentido en su vida, frotó sus pequeñas manos contra su pecho para entrar en calor y miró a su alrededor, un pasillo largo, lo recordaba, “una iglesia”, siguió el pasillo y legó a la capilla de la iglesia, el interior era tan tétrico como lo recordaba, todos los domingo venía a escuchar misa y pasados  los primeros minutos caía rendido en un sueño profundo –  “¿estaré soñando?” – era quizá un pensamiento demasiado lógico para un sueño, pero en la mente de un niño de 8 años, no parecía demasiado descabellado, porque allí estaba el pequeño Luis, vestido con su traje de Domingo en la iglesia completamente desierta y sin ninguna idea de cómo llegó a ella. Miró hacia el altar y vio la enorme y ostentosa estatua de Jesucristo crucificado, la estatua de Jesús le pareció un poco diferente, se acercó un poco para verla mejor pero sintió una que una mano se posaba por sorpresa sobre su hombro y lo hizo girar rápidamente.

-¡Te estaba buscando Luis Alberto! – le dijo su madre mientras lo arrastraba a la salida.

-Esto…- dijo Luis mientras se dejaba arrastrar a la salida y sentía que las ganas de desmayarse por el susto se desvanecían – mami, solo estaba… – no supo completar la frase, realmente no sabía cómo había llegado hasta la iglesia, no recordaba ni haberse levantado de la cama.

-Tenemos que volver, apúrate.

Mientras cruzaban el pasillo nuevamente Luis se fijó que su madre tenía las uñas mal pintadas, de un color rojo muy intenso, de pronto una de las uñas de su madre se cayó al suelo. Luis Estaba a punto de decir algo pero la intensa luz que había en el exterior de la iglesia lo segó. Cerró los ojos y sintió como el frío lo dejaba poco a poco.

De pronto, no hubo sonido más que su respiración, en el aire había un olor estéril, a sábanas limpias, sin vida, completamente anónimas, intentó abrir los ojos pero no pudo, al mismo tiempo sintió que su cuerpo estaba pesado y dolorido, intentó llamar a su madre, pero no salió más que un gemido. El miedo volvió y las fuerzas lo abandonaban lentamente.

-¡No te duermas oye! – aquellas palabras lo sacaron de su ensoñación. Abrió los ojos desconcertado.

-¡Estabas empezando a roncar!, qué vergüenza.

– Yo… – dijo Luis sin poder completar la frase, estaba muy confuso, volvía a estar en la iglesia, en plena misa, su hermana mayor lo miraba con severidad propia de un general – Perdón. – fue lo único que pudo decir mientras los colores llegaban a su rostro, se acomodó en el asiento y trató de disimular mientras hacía como si estuviera escuchando el sermón.

-…Cuando por las noches mires al cielo, al pensar que en una de aquellas estrellas estoy yo riendo, será para ti como si todas las estrellas riesen. ¡Tú sólo tendrás estrellas que saben reír! “Esa es la voz de papá” Luis se giró rápidamente y vio que la sala estaba vacía, una vez más, y el frío también había vuelto.

Esta vez se acercó mucho al altar, la estatua de Jesús tenía los ojos vendados.

-¡Bájate de allí Luis Alberto! – la voz de su madre retumbó en toda la sala.

-Mamá, me ha dicho que le quite la venda.

-No puedes – Le dijo su madre en un tono que parecía una súplica. – Tienes que venir conmigo, tenemos que volver, ven por favor hijito.

Luis bajó del altar y tomó la mano de su madre, estaba muy fría.

-Mami, ¿por qué estás tan fría?

-Este lugar es muy frío hijito, por eso tenemos que volver.

Una vez más la luz de la salida lo cegó por completo.

Esta vez sintió el aroma de su madre, su presencia, aún no podía abrir los ojos y el dolor era espantoso, estaba por todas partes. El dolor había pasado de ser una sensación y había pasado a ser un todo. Le dolía hasta pensar.

-Mami… – sollozó.

-Aquí, mi rey – incluso las palabras de su madre estaban cargadas de dolor, dolor e impotencia de no poder aliviar el suplicio por el que estaba pasando su hijo.

Sintió que se acurrucaba junto a él, estaba recostado, el lecho era suave, tocó la mano de su madre – mami, ¿aún tienes frío? – no hubo respuesta.

Permaneció inmóvil hasta que finalmente se quedó dormido. No tuvo ningún sueño, cuando despertó el mundo seguí estando a oscuras, tenía la cabeza vendada hasta los ojos, el aroma de su madre había dejado la habitación, volvía a ser el mismo olor insípido.

-¿Luis?

-¿Papá? – parecía que estaba recobrando los sentidos. – ¿Mamá está bien? – intentó incorporarse pero aún estaba muy débil. – ¿Anita?

-Tranquilo hijito – la voz de su padre estaba cargada de miedo.

-Estábamos en el carro, ¡yo quería estar en el asiento de adelante!  Y…y…nos chocamos.

El silencio se apoderó de la habitación, Luis no estaba seguro de si su padre estaba intentando entender lo que Luis le quería decir, o simplemente estaba llorando, le costaba distinguir los sonidos con la venda de la cabeza.

-Te golpeaste la cabeza… Ana está bien, no sufrió heridas graves… pero tu mamá… mamá… – el silencio volvió a reinar.

Luis se giró y deseó con todas sus fuerzas de que lo que todo fuese un sueño y despertase una vez más en aquella iglesia y lloró hasta quedarse dormido.

Todos los días el padre de Luis le leía algún libro o alguna revista, Luis dormía la mayor parte del tiempo, escuchaba sin prestar mucha atención y sollozaba en silencio.  A los pocos días Ana también pasaba el día con él en su habitación, ella se limitaba describirle todo lo que había en la habitación, a describirle la comida que le traían y ayudarle a comer, el resto del tiempo lo pasaban en un silencio escuchando las lecturas de su padre.

-Hoy te quitan la venda – le dijo su hermana,

-Ya…

-¡Por fin hablaste!, pensaba que ya te habías quedado mudo hermanito, mira hoy entró la enfermera que tiene los bigotes de morsa a cambiarte las sábanas, parecía que estaba contenta, me dijo que luego te traería una gelatina extra de fresa, puede que tenga cara de morsa, pero creo que le caes bien. – Notó que en su cara se dibujaba una leve sonrisa.

-Gracias, te quiero mucho hermanita – Dijo antes de volver a caer en sueño.

Volvió a dormir sin soñar nada, era como parpadear, pero sabía que había pasado un lapso largo de tiempo, la rigidez de sus músculos se lo decían, escucho una voz extraña en la habitación.

-Luis, campeón, ¿puedes sentarte? – Luis obedeció, sentía que era el doctor, algo en su voz le decía que era doctor.

-Es hora de quitarte esa venda por fin, dentro de poco también te daremos el alta, ¿cómo te sientes?, seguro que no extrañas el colegio. – No hubo respuesta.

-Sintió que tocaban las vendas de su cabeza, poco a poco se desprendían de él como la piel vieja de una serpiente, como si en un tiempo muy lejano hubieran formado parte de su cuerpo, pero ya había llegado la hora de desprenderse de aquella piel vieja y muerta.

Al acabar, por primera vez en mucho tiempo volvió a abrir los ojos, al abrirlos, el mundo entero seguía en la oscuridad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s