El Fotógrafo

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La mañana se levantaba sobre la ciudad de Lima, tan gris y húmeda como lo había sido la mañana anterior, y la mañana anterior a esa. Sobre el acantilado de la Costa verde, en una calle desolada salvo por un hombre que casi llegaba a ser un anciano. La neblina que engullía la ciudad apenas dejaba ver un poco del mar que estaba debajo del acantilado, pero el hombre, ajeno al frío y al paisaje sólo parecía importarle un pequeño álbum de fotos que tenía en las manos.

Fijó su mirada en la primera fotografía, era muy vieja y estaba manchada por el tiempo, en ella se veía un niño de unos siete o tal vez ocho años sosteniendo una pelota y de fondo, el mar infinito, el rostro estaba completamente desenfocado, haciendo imposible distinguir sus rasgos. El hombre no podía reconocerse en aquella foto, pero estaba seguro de que ése tenía que ser él, puesto que estaba escrito su nombre en la parte de atrás de la foto OSCAR y la fecha 03/03/1947, además era el  primer recuerdo que tenía del mar. Había sido un viaje muy largo desde su pueblo natal, por aquellos años su familia nunca había tomado ningún viaje a ninguna parte. Recordaba el tormentoso trayecto por carretera, las subidas, los mareos, pero después de lo que le pareció una eternidad por abismos y parajes helados, sus recuerdos se transportaban directamente a un día despejado y caluroso en el que estuvo jugando con sus dos hermanos mayores. Camilo y Justo, ambos tenían uno y dos años más que él. Sus padres los habían llevado a la playa y los chicos no podían estar más emocionados, recordaba claramente ver el mar y tener miedo y emoción, era la primera vez que veía tanta agua junta y le causó mucho miedo no ver el fin de ella, en ese momento fue consiente por primera vez de su propia debilidad ante la infinidad de la naturaleza.

Nunca supo cómo llegó esa fotografía a sus manos, ni quién la tomó, pero allí había estado desde que tenía memoria.

La siguiente foto estaba en mejores condiciones, en ella se veían 3 personas, dos chicos de aproximadamente dieciocho y veinte años y una niña de diez aproximadamente, en el reverso de la primera fotografía estaba escrita la fecha con lápiz: 25/12/1958. Era la primera foto que tomó. Recordaba muy bien esas navidades, Camilo y Justo, sus hermanos mayores le había regalado una Zorki 4, María estaba muy ilusionada y posaba con nerviosismo. Su pequeña hermana era la consentida de la casa

 La sorpresa fue máxima para todos cuando al revelar las fotos vieron que había más fotos en ese carrete, así se dieron cuenta que la cámara había sido robada a un gringo. Ese fue el primero de los muchos robos que luego cometerían juntos Camilo y Justo.

La siguiente foto se la tomó la primera vez que fue “contratado” para tomar fotografías, una amiga de su madre daba una fiesta para el quinceañero de su hija, aunque él era tres años mayor que la quinceañera no pudo más que quedarse embobado mirándola en su vestido blanco. Recordaba como un sueño desde que la vio bajara por las escaleras, tan embobado que casi se olvida de tomar las fotos, seguía con su pequeña Zorki 4, sacó muchas fotos de todos los invitados, pero con gusto no habría cobrado nada sólo por tomarle fotos a aquella chiquilla de quince años. Se quedó sólo con una foto de aquel “trabajo”, en ella se la veía mirando distraída de perfil, y con una sonrisa encantadora.

Cuando por fin reveló las fotos insistió a su madre en ser él quien entregue las fotos personalmente. Con la sola esperanza de ver a la chica una vez más, y por suerte dio resultado, pudo verla una vez más. Recordaba que era la misma casa de la recepción, una casa grande de 3 pisos con dos jardines. Uno en la parte frontal y otro al interior. Al tocar la puerta fue la propia chica quién le abrió, el corazón casi se le paró al verla, pero disimuló el rubor lo mejor que pudo y dijo con voz varonil y segura:

-Vengo a ver a tu madre a entregarle las fotos de tu fiesta – La cara de la muchacha se volvió una sonrisa que iluminaba el jardín entero.

-¡¿Las puedo ver?! ¡Por favor!,-dijo ella con un ruego y una vos un poco coqueta, casi impropia de una chica con un rostro tan angelical como el suyo.

-Son tuyas- atinó a decir mientras extendía el sobre con las fotos-pero tengo que decirte que me da mucha pena dártelas ya.

-¿por qué?-le pregunto ella llevándose un dedo a la boca en una forma de mueca de ingenuidad.

-Porque después al dártelas ya no podré verte en ellas.-pronunció aquellas palabras y luego sintió como si de su alma hubiera escapado un secreto inconfesable, pero las pronunció sin vacilar y mantuvo una mirada serena. Ella se le quedó mirando a los ojos y poco a poco los colores fueron llegando a sus mejillas, pero tampoco apartó la mirada. Hasta que un momento después bajó los ojos y le preguntó si quería pasar a la sala a sentarse.

Esperó lo que le pareció una eternidad en aquella sala hasta que por fin la chiquilla salió con un vaso con limonada recién hecha y se lo ofreció, entonces Oscar se dio cuenta de que tenía la garganta seca y apuró el vaso, se quedó mirándola y ella a él. Finalmente ella se sentó en el otro mueble y contempló las fotos con tranquilidad, el tiempo transcurrió lentamente, pero fue una lentitud placentera, como si estuvieran solos en el mundo.

Cuando terminó de ver todas las fotos se acercó y le entregó una, le dijo, “ésta te la puedes quedar, así podrás verme” y le dio un beso en la mejilla.

Al salir de la casa no podía creer que todo aquello hubiera ocurrido, ese fue uno de los días más felices de su vida, tal y como él la recordaba.

Los días pasaron, pero no hubo otra oportunidad de verla hasta que finalmente los días se volvieron semanas y las semanas meses, lo último que supo de ella fue que, unos tres años después se casó con un militar y se fueron a vivir a alguna otra ciudad de la cual no recordaba el nombre.

La siguiente era una foto tamaño pasaporte de su pequeña hermana, a la edad de veinte años. Un día salió a comprar a la tienda y no volvió jamás ya que un camión la atropelló, por ese tiempo partía su tiempo para un periódico así que se acercó a tomar las fotos del hecho, su pobre hermana estaba en la pista, a la vista de todos, este hecho fue un shock tremendo para su familia, sus padres se marchitaron poco a poco después de la muerte de su pequeña y no tardaron en morir, las pena los consumió.

Después de la muerte de sus padres, las visitas de Camilo y Justo se volvieron un hecho muy raro y esporádico, no recordó ni una sola visita placentera que no fuese con las excusa de pedirle algo de dinero, hasta que un día fueron encontrados muertos en lo que pareció una transacción de drogas que acabó muy mal para ellos.

Las siguientes eran algunos recortes de sus mejores momentos por los periódicos, pasó por muchas ciudades, hoteles, pensiones y sofás de colegas o familiares lejanos. La plata no era abundante, pero nunca dejó de ahorrar un poco de su sueldo.

Después de muchos kilómetros, carretes y años de su vida, decidió que era hora de sentarse en una ciudad, así que instaló un pequeño estudio de revelado de fotografías y toma de retratos.

Oscar alzó la vista, el mar percudido y la neblina lo saludaron, contempló sin mirar el mar y miró las fotos de diferentes ciudades y gente que miraba la lente sin saber que estaban formando parte de aquel recuerdo. Algunos veranos, se daba unas vacaciones y viajaba por la costa, se relajaba y tomaba fotos a la gente que disfrutaba del sol, tomaba fotos del mar y del amanecer. Fue un tiempo de tranquilidad hasta que empezaron los problemas de salud, primero fue una herida en el pie que no sanaba, luego pasó a ser los problemas del hígado y los riñones, poco a poco su apacible vida se volvió un tormento de exámenes médicos, medicinas y remedios. Los cuales costaban cada vez más.

Al comienzo empezó reduciendo el consumo de agua, para poder seguir con el estudio, luego la comida y luego dejó de comprar ropa, cuando ya eso no fue suficiente fue vendiendo cosas de su casa y el estudio. Los amigos y los familiares lejanos durante esos años fueron escaseando cada vez más, hasta que la única compañía, por llamarlo de alguna manera, era una joven y amable asistente de enfermería, que le hacía compañía mientras se hacía los análisis, era la única persona que le dirigía la palabra y lo llamaba por su nombre.

Era una chica de unos veinte tantos años, tenía el cabello corto y negro, parecía ser muy nueva en el trabajo, pero su inexperiencia era compensada por la energía que irradiaba. Todos los pacientes lo notaban y para Oscar, ella marcaba la diferencia, ya que le recordaba a la chica de quince años que había conocido en  lo que parecía muchas vidas atrás en su pasado.

Los días pasaban, cada semana Oscar acudía a sus controles médicos y todos los días restantes de la semana eran una espera para volver a ver a la joven. Hasta que por fin un día decidió salir de casa con su ya vieja Zorky 4 y un objetivo en la cabeza. Llegó adrede mucho más temprano que la hora de su consulta, y esperó. En el pasillo solo había tres personas más. Vio  pasar a la joven en dos ocasiones, en ambas iba muy apresurada. Como no tenía prisa, no la llamó ni hizo ningún gesto de moverse, una media hora después la vio pasando a paso relajado, entonces levantó ligeramente la mano he hizo un ademán de llamarla. Parecía distraída, pero al verlo le dedicó una sonrisa y se acercó.

-Señor Oscar, que madrugador que está, no lo esperábamos hasta dentro de una hora más o menos-le dijo mientras se sentaba a su lado

-Al llegar a mi edad lo entenderás. Quisiera que me hagas un favor muy grande, dentro de poco tendré que irme de viaje, pero antes de irme me gustaría poder tomarte una foto.

-¡¿Así?! ¡Que honor señor Oscar!- dijo mientras se acariciaba el pelo en un ademán de reina.- pero a dónde se va a ir, ¿regresará pronto?

-Bueno, quizá no, uno con mi edad ya no hace planes para muy largo ya sabes – le dijo en tono burlón y guiñándole un ojo – pero me gustaría poder llevarme una foto tuya para poder ver tu cara cuando esté lejos.

-Hay que galante usted, seguro que le decía eso a todas las chicas que les tomaba fotos.

-Pues no a muchas, te diré-en su cara se dibujó una sonrisa triste.

-¡Ya señor! Si me lo pide así – y soltó una carcajada muy sonora.

 Se sentó de perfil y puso las manos en las rodillas, y sonrió  con todos los dientes, aunque exageraba, la foto salió muy natural, ya que ésa era ella, esa era su energía.

-Si vuelve venga y pase a vernos – le dijo antes de salir otra vez corriendo a alguna emergencia.

De esa mañana ya habían pasado cinco años, dejó de ir a las consultas pues pensaba que ya había vivido suficiente, o por lo menos ya era hora de que sus males le diesen algo de tregua. Pero la vida seguía pasando y Oscar seguía despertando día tras día. Todavía tenía un pequeño cuarto en el estudio y dormía allí, aunque del estudio ya no quedaba nada más que espacio. Sus posesiones se habían reducido a su vieja Zorky 4 y su álbum lleno de recuerdos de otras vidas que ya no eran la suya.

En la última página de su álbum estaba la foto de la asistente de enfermería, la contempló esa mañana fría. Cerró el álbum y lo dejó con cuidado en el suelo, cerró los ojos y se fue acercando  poco a poco al acantilado, el viento helado rosaba sus mejillas, cada vez con más fuerza, el olor a mar se volvía más intenso y de pronto el vacío. Primero el vértigo se apoderó de su estómago y el miedo casi le hace abrir los ojos, pero apretó los párpados con más fuerza y resistió al impulso, sintió que el mundo atraía con violencia su cuerpo mientras daba vueltas sin cesar, hasta que sintió que poco a poco sus extremidades fueron desvaneciéndose, una cálida sensación de desvanecimiento, como cuando se pone sal en agua caliente y ésta se disuelve. Así, poco a poco fue volviendo a la nada.

Epílogo:

Isabel se preparaba para salir a dar un paseo, desde que estaba embarazada aprovechaba para pasear y comentarle a su futuro hijo todo lo que veía por la calle, desde los perros que paseaban libres por los parques hasta cómo olían los jardines de las casas que pasaban. Era una mañana helada y corría mucho viento, fijó su mirada donde se amontonaban las hojas caídas, se acercó a describirle las hojas y su olor húmedo cuando vio una vieja foto casi borrada, en ella sólo se veía el mar. Detrás de la foto estaba escrito un nombre OSCAR y una fecha, 03/03/1947. Isabel se quedó largo tiempo mirando la foto, luego sonrió y le dijo a su futuro hijo

-Mira que foto más viejita hijito, el mar era a blanco y negro en ésa época, cuando nazcas te llevaré a verlo…Oscar.

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