Las palabras pueden servir para llevarnos a mundos imposibles, donde personajes de tinta nos tocan el corazón y dejan su huella para siempre.

Evitamiento

Volvía de estudiar, absorto en mis pensamientos igual que todas las personas en el bus que pasaba a toda velocidad por la vía de Evitamiento.

Subió como uno más, vestía una gorra que en algún tiempo atrás debió de ser negra, su color se lo había llevado el sol, su camisa amarilla y sus pantalones eran de tallas mucho más grandes para aquel hombre, pequeño, canoso, con un caminar tambaleante, se dirigió al público con un “buenas noches”, o al menos eso me pareció oír, pues no vocalizaba casi ninguna palabra.

Los años de abandono e indiferencia hacían que hablase más para sí mismo que para el resto. Como tantos buses antes, nadie se dignó a mirarle, traía un maletín bastante maltrecho, que en las noches le sirve de almohada, de él saca una pieza de metal que parece ser un clavo de unos 10 centímetros y grueso como un lápiz, que sin aviso previo se lo introduce sin mucho esfuerzo por un agujero de la nariz. Con la voz cansada e igual de inteligible se dirige al público y saca de su maletín una bolsa con caramelos y con turrones arequipeños.

Pasa por los asientos y los pasajeros siguen con sus conversaciones, nadie lo ve, aquél hombre no existe, aunque su presencia es más que un hecho palpable, todos quieren pensar que su olor no es el de alguien que duerme arropado por las frías y húmedas calles. Pasa por mi lado y le doy un sol y unas palabras amables ya que es todo lo que tengo, me ve a los ojos, puedo ver con claridad cómo el clavo que tiene en la nariz puede calzar por un desvío de tabique, quizá causado por una fractura de hace muchos años, me ofrece dos turrones arequipeños, trato de explicarle que no deseo los turrones, ante su insistencia los acepto y me quedo callado, con voz cansada me ha dicho algo que no he entendido y sigue su camino. La indiferencia continúa, hasta que llega el siguiente paradero, se baja con el resto de personas y otras suben. La vida continúa a toda velocidad en la vía de Evitamiento.

Este vídeo es para invitar a todas aquellas personas que tienen un hambre de poesía o desean compartir alguna con el mundo, ¿no sería bonito que compartiéramos más a menudo la literatura, la invitación me llegó por Rubén López Carretero (para ver su blog hacer click en su nombre).

Canto Villano

Y de pronto la vida
en mi plato de pobre
un magro trozo de celeste cerdo
aquí en mi plato

observarme
observarte
o matar una mosca sin malicia
aniquilar la luz
o hacerla

hacerla
como quien abre los ojos y elige
un cielo rebosante
en el plato vacío

rubens cebollas lágrimas
más rubens más cebollas
más lágrimas

tantas historias
negros indigeribles milagros
y la estrella de oriente

emparedada
y el hueso del amor
tan roído y tan duro
brillando en otro plato

este hambre propio
existe
es la gana del alma
que es el cuerpo

es la rosa de grasa
que envejece
en su cielo de carne

mea culpa ojo turbio
mea culpa negro bocado
mea culpa divina náusea

no hay otro aquí
en este plato vacío
sino yo
devorando mis ojos
y los tuyos

Tu aroma en las sábanas


Me dejaste tu aroma en las sábanas

en medio de mis sueño te siento una vez más

aunque las horas pasan llenas de tu ausencia

me sumerjo en los momentos que están llenos de ti

y te veo con mis ojos cerrados

pero solo beso el espacio vacío

aún no estoy listo para el nuevo día

aún tengo ganas de ti

maldigo al sol por arrancarme de tu lado

entonces lo entiendo

y agradezco tu regalo

me dejaste tu aroma en las sábanas.

Bajo las lluvias

lluvia 2

Hace poco volví a disfrutar bañándome bajo la lluvia torrencial en la ciudad natal de mis padres, Pucallpa, desde este año por motivos del trabajo he tenido que viajar entre Lima y Pucallpa.

Hacía mucho que no disfrutaba de una lluvia, aunque siempre se culpa al tiempo, siendo sincero conmigo mismo no le puedo culpar, ya que el tiempo ha sido muy bueno conmigo en muchas cosas, pero centrándome en el tema específico de la lluvia, hacía mucho que no me llegaba una buena.

Empezó antes de que despertase, el ruido incesante del golpe de cada gota sobre el techo de calamina, como una ráfaga incesante e infinita, me levanté del colchón que mi tía amablemente me ofreció en mitad del salón de su casa de madera, como siempre los zancudos me picaron toda la noche, pero ya ni los siento, desde pequeño me acostumbro a sus picaduras a los pocos días. El sonido fue como un eco de mi infancia, cuando todos los días eran sábado, despertaba para tomar mi “chapo” de maduro con leche que mi abuelita me preparaba, y mi pan con queso de la región. Los días de lluvia pasaban lentos y se vivían dentro de casa, mis hermanos y yo podíamos salir a jugar a bañarnos en la lluvia, pero yo al ser el pequeño tenía prohibido cruzar la calle, ya que al no estar asfaltada no tenía la altura suficiente para dar saltos entre las tablas y piedras sólidas y no ensuciarme con el fango de la calle, pero sí que podía permanecer bajo el chorro de las cañerías del techo de calamina donde se formaba una catarata.

En aquellos días pensaba que era el único niño de Lima (a parte de mis hermanos) que sabía lo que era una lluvia. Lima es una ciudad muy húmeda en la cual no llueve nunca (no al menos como en Pucallpa), las lluvias de Lima no podían bañarte, no sabían jugar.

Pasó mucho tiempo, crecí y olvidé; quizá como nos pasa a todos. Ya no volví a Pucallpa con tanta frecuencia y me fui alejando de la lluvia.

No fue hasta que me mudé a España cuando mi mejor amigo y compatriota me obligó a recordar y por ello le estaré agradecido.

Fue una tarde del 2004, el primer verano de migrante, habíamos quedado en ir a la playa del Prat los tres peruanos, nos habíamos conocido en la academia para el ingreso a la universidad, dos compartíamos clase y el otro chico tomaba clases diferentes. Era este chico el que nos invitó a la playa cerca de su pueblo, el camino de ida a la playa fue bastante agradable, ni 15 minutos en el auto de su padre, allí estábamos, tres chicos jóvenes, posiblemente en otras circunstancias con pocas cosas en común, pero allí, en ese momento, éramos tres peruanos y siendo puristas, tres “limeños”. Que en su vida se habían se cruzado en una ciudad de la cual habían vivido la mayor parte de su vida y que poseíamos raíces diferentes, ya que cada uno provenía de familias de Costa, Sierra y Selva. Pero en Barcelona esa pobre coincidencia era todo lo que teníamos, hablábamos en la misa jerga y nos encontrábamos en circunstancias similares, adaptándonos a la nueva ciudad, al nuevo reto de estudiar, y sobre todo, los tres sufríamos la pérdida del amor de nuestra vida (nuestro primer amor adolecente).

Bajo esas circunstancias teníamos mucho en común, el día playero transcurrió con normalidad, hablamos de todo y de nada, quizá habría quedado en el anonimato de mis días que son buenos pero en los que no se aprende nada nuevo, sin embargo, el tiempo quiso que fuese diferente.

Volvíamos por la carretera en pleno sol de mediodía, ilusos de nosotros nos propusimos regresar a casa de aquel compatriota caminando descalzos a modo de reto de macho-adolecente que no sabe qué hacer con tanta testosterona, mientras nuestros pies sufrían la mala decisión de nuestras testarudos cerebros afectados por aquellas primitivas hormonas que nos obligaban a no mostrar la mínima señal de arrepentimiento. Una nube piadosa se posó sobre nosotros y descargó una lluvia torrencial, en un primer momento agradecí inmediatamente, pero pasados los primeros minutos de alivio mi cerebro instintivamente empezó a buscar un refugio, pero como no podía ser de otra manera, no había ninguno cerca, éramos las únicas almas vivas en aquel desierto atravesado por aquella carretera fantasma, no pasaba ningún auto ni había señales de que alguien fuera a pasar. Sólo uno de nosotros empezó a emocionarse por aquél hecho, se detuvo y extendió sus manos al cielo y cerró los ojos, en un gesto de auténtico agradecimiento, luego nos dijo lo afortunados que éramos al poder ser aquellos que “están bajo la lluvia”, al principio sus palabras no les encontré del todo el sentido, pero había algo en su actitud, algo que explicó sin palabras que mi instinto captó y le dio otro significado al momento que estaba viviendo, allí estábamos, con la lluvia sólo para nosotros, ¡era maravilloso!, teníamos que disfrutarlo, no podía durar, era el momento de disfrutarlo.

Seguimos caminando despacio, sin pensar en el tiempo y llegamos nuevamente al pueblo, la gente corría de un lado a otro, escondiéndose de la lluvia y evitándola. Recordé los días de lluvia en Pucallpa y los saltitos para no ensuciarnos, los recordé a carcajada limpia.

Pasaron muchas “otras lluvias”, en algunas estuve acompañado de mi compatriota o de otros compañeros, incluso algunas las afronté en solitario y decidí no ser como el resto del mundo, decidí no huir de ellas, extender los brazos y disfrutarlas, porque tienen que ser disfrutadas.

La navidad es para los niños

La navidad es para los niños

“La navidad es para los niños”, no recuerdo bien cuándo fue la primera vez que escuché esa frase, pero lo que estoy seguro es que para cuando la escuché mi infancia ya era cosa del pasado. Con el pasar de los años la navidad como fiesta perdió el sentido. Recuerdo las navidades limeñas de mi infancia.

Para mí, los primeros indicios de que empezaba la navidad no eran las pequeñas luces decorativas, los árboles de plástico de segunda con bolitas de color llamativo o los adornos con motivos de invernales y nevados; cuando claramente en Lima estábamos por entrar en verano y yo no había visto la nieve más que en la televisión. El verdadero indicio de que la navidad estaba cerca era el olor a pólvora.

Solo por esas fechas las calles se llenaban de vendedores ambulantes de fuegos artificiales o “cuetes”, como les llamamos. Mis padres por la seguridad de sus criaturas tenían un sistema designado a salvaguardar nuestra salud   y al mismo tiempo enseñarnos el peligro de manera gradual, ya que a la fiesta nocturna de “reventar” cuetes acudían familiares lejanos, tíos y primos y todos los vecinos que pudieran comprar y compartir una cerveza y cuetes con sus niños.

Pero los niños tienen su propio sistema, que como no puede ser de otra manera es a través de un juego al que llamamos “las guerritas” (a lo que llamo también “selección natural”).

El método de mis padres consistía en que, dependiendo de la edad dejaban hasta cierto tipo de cuete, en función del grado de peligro explosivo que representaba estabas cualificado a comprar y manipular dicho cuete.

Los más inofensivos son los “tronadores”, estos ni tan siquiera necesitan fuego, se arrojan al suelo y sueltan un sonido de explosión. Permitidos a todas las edades pero mayormente disfrutados por los que superan los 3 años, posiblemente porque tienen la capacidad motriz suficiente para hacerlos funcionar.

En segundo lugar están las “Luces de bengala” son algo más complejas ya que se deben encender con una llama, los niños a partir de 4 años tienen permitido usarlas, consiste en un palito que una vez encendido dan aproximadamente 20 segundos de chispas con los que disfrutaba haciendo figuritas moviendo el palito.

Luego están los “cuetecillos” que vienen solos o en “sarta”, pequeñas dinamitas que os niños a partir de 5 años pueden hacer explotar arrojando los a una distancia prudencial, Era el momento en el cual empezábamos con “las guerritas”, que no era más una batalla entre manadas de niños armados con cuetecillos y mecheros o fósforos.

Complementando a los cuetecillos le siguen los “silbadores”, su función de entretenimiento es encender la mecha y verlos subir al cielo, provocando un sonido muy particular parecido a un silbido (del cual supongo que reciben el nombre) y finalmente verlos explotar. Para nosotros eran ataques de larga distancia.

Le sigue la artillería pesada, Las “calaveras” que rozan la legalidad y las “rata blancas” que son simple y llanamente cartuchos de dinamita, cada año siempre se escuchaba por la radio o la televisión de algún niño herido e incluso mutilado por estas monstruosidades.

Existían otro tipo de fuegos artificiales, como el volcán, la mariposa o la varita que tiraba bolitas de luz, pero siempre quedaban fuera de las guerritas.

En las guerritas podías ver como niños tranquilos y obedientes se convertían en verdaderos demonios armados con cuetecillos y silbadores y los niños revoltosos y valientes se escondían detrás de algún lugar seguro hasta que termine la contienda. El fuego y la pólvora muestran la verdadera naturaleza de un niño y lo marcan tanto en el alma como en la piel. La temporada de navidad termina el primero de enero, en las calles del primero de enero se levanta una neblina con olor a pólvora y furtivas explosiones, que son los saldos de cuetes que los niños más previsores reservaron durante la noche pero que luego olvidaron.

La siguiente medida de seguridad que usaban mis padres y en mi opinión la más efectiva llegó cuando cumplí 11 años, no recibí cuetes, sino que tuve que comprarlos con mi propina, mis amigos, los más enganchados a la pólvora ahorraban desde los primeros días de diciembre, pero con el pasar de los años, van surgiendo otras necesidades más apremiantes, como el alcohol o alguna droga menor. Al pasar esa etapa es cuando se pierde la inocencia, se perdió las ganas de recibir juguetes, esa ilusión de ver luces navideñas y adornos de yeso, lo cual nos deja fuera da la infancia y de la navidad.

Allí, cuando por fin tuve edad suficiente para cuestionar el motivo de tanto consumismo, tanta pólvora, cuando me di cuenta de que todo era una distracción, un show de luces para olvidar las cosas malas del año, fue en esos días escuché por fin la frase: “La navidad es para los niños”.

Cara Cortada

El dolor de cabeza era agudo, tenía la garganta seca y la sensación de la erección en el pantalón era muy fastidiosa, abrí los ojos para encontrar un techo desconocido, rápidamente el pánico se apoderó de mí, se aceleró mi respiración. En el ambiente flotaba un hedor a enfermedad y humedad, un techo que una vez fue blanco me vigilaba con una luz fluorescente también blanca, como un reproche silencioso, su luz me alumbraba como si fuese yo un intruso. El cansancio y el mareo hicieron que volviese a cerrar los ojos, metí mi mano por dentro del bolsillo delantero del pantalón,  que tenía un hueco que encontré bastante conveniente para acomodarme el miembro sin ningún recato ni disimulo.

Con los ojos aún cerrados me moví para colocarme boca abajo en lo que parecía un colchón delgado, cómodo pero austero, el roce de mi cara con las sábanas despertaron una alerta, una sensación áspera, como una pequeña cordillera rocosa y seca en aquél páramo de sábanas. Volví a abrir mis lastimados ojos para encontrarme con una sustancia roja, mi mente estaba muy confundida en aquel momento, empezaba por el “¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿quién?, ¿por qué?, y todo ello bajo por un techo blanquecino con un fluorescente insípido y unas sábanas  con una mancha roja, palpé la mancha y supe instintivamente que se trataba de sangre seca.

Una de las muchas cuestiones empezaba por ser aclarada. Ahora sabía que estaba sobre una sábana que tenía una mancha de sangre seca y me encontraba bajo un techo blancuzco con un aroma más bien  a enfermedad, hice memoria de los lugares que conocía con esas características, y aunque el dolor de cabeza era apremiante, merecía la pena el esfuerzo. Sin más dolores que el de cabeza y el recuento de todos mis miembros, tanto superiores como inferiores, como genitales, supuse que me encontraba en un centro de atención médica. Intenté buscar la fuente de la sangre y no tardé en encontrarla en mi propia cabeza, una brecha delgada pero que llegaba desde mi frente hasta la altura de mi oreja derecha, sentí la sangre seca en mi herida abierta, intentando recordad qué es lo que hacía esa herida allí, “¿será un sueño?”, “intenta ponerte de pie”, volví a girarme pero esta vez evadí el reproche de aquel fluorescente blanquecino y desganado, fijé toda mi atención  en mis piernas, miré sin ver mis pantalones azules algo sucios, tardé un poco en entender lo que faltaba en la figura que estaba mirando, aparentemente todo estaba bien: dos piernas, dos rodillas, dos pies, veinte dedos, todo estaba allí, pero algo seguía faltando, poco apoco mis recuerdos fueron llenando el vacío en forma de pregunta apremiante: ¡¿y mis zapatos?!

Mi cuerpo sufrió un subidón de adrenalina, de tal manera que el mareo del que sufría ya no se interponía entre mis recuerdos y me animaba a tomar decisiones rápidas y autómatas gracias al sentido de supervivencia, un general había nacido para poner en orden la situación: “¡Atención!”

-Muy bien, ¡Recuento de daños motrices!- resonó desde mi pecho hasta mis dedos del pie.

-¡¿Cabeza?! Mareada pero estable, sangrado identificado, prioridad en segundo grado.

-¡¿Movilidad psicomotriz del cuello y extremidades?! Algo atrofiado pero funcional.

-¡¿Daños materiales?! Bolsillos: billetera y teléfono no encontrados. -¡Puta Madre!

-¡¿Zapatos?! No encontrados –La reputa madre!

-¡¿Lentes?! – ¡Mierda! ¡A parte de cojudo ciego!

Cierro los ojos para tragar la rabia que me consume por las pedidas, pero me reservo una carcajada que no oye mi general, un cobarde que se alegra de estar vivo.

A mi alrededor hay otras camillas, con el mismo color crema-óxido, algodones y vendas utilizadas por personas con cara de no estar nada bien, por una de las puertas entra la luz de la calle, un calor increíble que puede llegar a los 40 grados. Tambaleando me acerco a una de las enfermeras, pero esta sale a toda prisa, intento acercarme a otra pero logra evadirme sin poder ver mi cara, finalmente regreso a mi camilla, la reconozco por la mancha de sangre seca, una duda me trae mosca desde hace rato: ¿si estoy en una establecimiento de salud, porqué nadie a vendado mi herida?, ¿la sangre ya estaba antes de que yo llegase?, me siento sin ánimo de volver a recostarme.

Pasan unos largos minutos se me acerca una blanca enfermera con un papel en sus mano, me dice amablemente que debo tomar estas pastillas cada seis horas por la infección. Atiendo sus instrucciones. Reúno todo el valor y pierdo todo el orgullo para poder conocer mi procedencia formulándole la penosa pregunta:

-¿Dónde estoy?

-Estás en la posta de Yarina.

-¿Cómo llegué aquí?

-Te trajo la policía, al parecer te encontraron al lado de la carretera por la madrugada. Sin zapatos ni cartera ni ningún documento. Las pastillas son para el corte de la cara, después del lavado estomacal no tienes que tener ningún problema.

-¿Puedo irme ya? – le dije mientras me tambaleaba hacia la puerta.

-¡Pero tiene que pagar el dinero de la consulta! – hizo un ademán de querer detenerme

-Con mi andar tambaleante, pero cada vez más firme le devolví la mirada más fiera que pude y le dije cortante: Póngalo en la cuenta de Cara Cortada.

Sábado noche

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Enciendo la computadora, veo parpadear las luces, verde, verde, naranja. El saludo frío y binario- “Bienvenido Chino”, escribo con desgano la contraseña, espero.

Abro el “Word”, letra “Calibri (cuerpo)”, cambio al tamaño a doce,  alinear texto a “justificar”, no sé qué significa pero siempre lo hago, comienzo a describir todo lo que hago, letra a letra, todo.

Voy a por una cerveza.

El frío llena mi garganta, el dulce sabor amargo, por un momento todo se disipa, un momento de paz, leo lo que he escrito, malo, malo, tengo que borrar.

Comienzo nuevamente, cierro los ojos, la música llena las calles, todas, kilómetros a la redonda, en alguna parte los perros ladran, no les gusta la fiesta, igual que a mí.

Los vecinos vuelven a estar de fiesta, quizá los de al lado, quizá los de atrás, no importa, todos están de fiesta.

Me sumerjo en los recuerdos de otro tiempo, cuando aún era joven, con esperanza, con ganas de vivir, en una noche como esta saldría arreglado y perfumado, bien peinado, con camisa nueva recién planchada, los zapatos bien lustrados, con la sonrisa bien puesta, con la fe de que la noche de fiesta resultaría diferente las otras.

Sábado, once de la noche, el estómago vacío y los músculos doloridos por trabajar diez horas lavando platos y mañana a trabajar diez más. No importa, hoy es sábado, hoy toca bailar, hoy toca ser feliz, al menos intentarlo.

Llego al “Zurich Café”, espero a Ramón que como siempre llega tarde, intentamos ponernos de acuerdo sobre a qué bar ir, finalmente empezamos a caminar bajando Las Ramblas.

Es una cálida noche de verano y las ramblas están llenas de turistas, como todos los veranos. Finalmente entramos por Carrer Ferrán y llegamos a Vía Laietana y nos adentramos en las callejuelas del barri Gòtic. Finalmente llegamos al Paseig del Born allí los turistas jóvenes y no tan jóvenes pasean por las calles, beben y compran cerveza en los “paquis”. Entramos en al “Copetín” no hay mucha gente, no todavía, pero la habrá, todos con su mejor gala, todos con ganas de olvidar un momento que no tienen futuro, que son almas rotas desesperadas en búsqueda de un poco de olvido, justo como yo.

Suena en el ambiente una salsa movida, me acerco a la barra y pido el trago más fuerte y barato que mi mísero sueldo puede comprar. Fijo mi mirada en las mujeres, buscando a la chica más linda, suspiro y me acerco a  una chica que parece de mi edad y algo distraída, un vestido corriente y una cara corriente, le pido bailar, me mira de arriba abajo, me dice- NO- sonrío fingiendo estar avergonzado, sigo mi rutina, de pie, siguiendo la música sin ritmo, torpemente vuelvo a repetir el ciclo, a sabiendas de la respuesta –NO- los rechazos no mellan la fe, hoy las cosas serán diferentes. Vuelvo la mirada a donde está Ramón, está bailando con una chica coqueta y guapa. Sonrío y alzo mi copa, Ramón se está divirtiendo.

Sigo la rutina, vuelvo a ver a alguna chica, me acerco a ella, sonríe, me mira de arriba a abajo y otra vez el – NO- empiezo a sentir que me hace falta otra copa más.

Pasan unas cuantas canciones y Ramón vuelve conmigo, me dice que la chica con la que bailó tiene amigas, me acerco a ellas.

Están bailando entre ellas en círculo, me presento- “hola, soy el chino”- sonríen, me miran de arriba abajo, siguen bailando, intento entablar alguna conversación, “¿Vienen mucho por aquí?”, -NO- “¿Estás estudiando o trabajando?”- Estudio- “te gusta la salsa?” – Algo – “¿tienes sed?” – NO – “¿quieres bailar?”- Ya estamos bailando – Intento contar cuantas veces puedo hacerlas responder con algo más que monosílabos.

La noche avanza y sigue llegando más gente, el “Copetín” no es muy grande, está lejos de ser una discoteca, pero la gente se levanta y baila como puede al son de la salsa y el merengue, aún no me acostumbro a bailar sin pareja, de vez en cuando se ven parejas dando pasos y vueltas espectaculares, se divierten, pero se les nota aún que cuentan mentalmente los pasos que están realizado. Ramón se ríe a carcajada limpia de ellos y enseña a su pareja a sentir el ritmo, Ramón siempre consigue que se suelten, olviden la escuela y dar libre movimiento a sus cuerpos sin la necesidad de contar.

La noche llega a su fin, Ramón está contento y algo borracho, yo demasiado sobrio para mi gusto, intentando no dormirme en el viaje de vuelta. El vagón de metro está lleno de gente como nosotros, algunas parejas parecen haberse conocido esa noche, algunas otras parece que se olvidarán antes de despertarse, los observo tratando de recordar si me he divertido.

Abro los ojos y vuelvo al presente, escucho la música, me fijo que la tapa de la cerveza tiene algo escrito, “sigue intentando”.

Leo lo que he escrito, malo, malo, vuelvo a borrar.

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